Con el tiempo, solemos descubrir que el mejor estado para un agente inmobiliario no es estar enamorado de su trabajo, sino de estar tranquilo. Solo cuando un agente logra hallar ese equilibrio donde nada sobra y nada falta, es cuando se siente más pleno que nunca.
Resulta curioso como la mayoría de los agentes inmobiliarios teniendo como objetivo principal hallar el negocio perfecto. Cada vez nos inscribimos en redes inmobiliarias de moda, adquirimos aplicaciones en promoción y seguimos al gurú que más invierte en marketing para enseñar su contenido. Buscamos y buscamos en un vasto océano sin haber hecho antes un viaje imprescindible: el del autoconocimiento de la información que ya disponemos.
El hecho de no haber realizado ésta necesitada incursión en el entendimiento completo de las aplicaciones, de la información con la que ya contamos y herramientas que adquirimos, hace que a veces acabemos eligiendo colegas de trabajo poco acertados. Relaciones efímeras que quedan inscritas en la soledad de una agenda vacía, tan llenas ya de ilusiones rotas y negocios caídos. Tanto es así que son muchos los agentes que pasan gran parte de su carrera profesional saltando de oficina en oficina, de franquicia en franquicia, almacenando decepciones, amarguras y tristes historias.
La tranquilidad no es ni mucho menos ausencia de emociones. Tampoco implica renunciar a la información y herramientas que se adquirieron. El agente tranquilo no evita lo anterior, pero sabe cómo reducir a lo necesario a lo más básico todo aquello que realmente necesita para avanzar con seguridad en cada negociación.
Antoine de Saint-Exupéry dijo una vez que el campo de la conciencia es limitado: solo acepta un problema a la vez. Esta frase encierra una realidad evidente. Quienes trabajamos en bienes raíces acumulamos en nuestra agenda un sinfín de problemas, objetivos, necesidades y anhelos. Lo primero será hallar esa calma, esa tranquilidad de confiar en la información y herramientas que ya tenemos para adquirir seguridad y enfoque.